Yo no creía en el libre albedrío… hasta que vi a un amigo comerse una maruchan con mayonesa.
Ahí estaba, con cara de satisfacción y sin pizca de arrepentimiento. En ese momento lo supe: él era libre. Libre de elegir mal, si quería. Y eso me dejó pensando: ¿y yo? ¿De qué soy libre? ¿Cuántas de mis decisiones son realmente mías y no solo hábitos disfrazados de voluntad?
Luego estaba yo viendo la tele: el programa En Familia con Chabelo. En ese episodio, un concursante tenía que elegir entre tres puertas: una escondía muebles Troncoso y las otras dos, bicicletas. Chabelo, que sabía lo que había detrás, abría una de las puertas no elegidas, mostrando una bicicleta. Luego, le ofrecía al participante la opción de cambiar su elección.
Al principio tienes una de tres de ganar. Pero cuando Chabelo muestra una bicicleta, la lógica cambia. Si te quedas con tu primera opción, sigues teniendo solo una de tres posibilidades de acertar. Pero si cambias, tus probabilidades suben a dos de tres. Lo lógico es cambiar. Y sin embargo… la mayoría se queda con lo que ya eligió.
¿Por qué? Porque sentimos que lo que decidimos la primera vez fue auténtico. Porque cambiar se siente como dudar de nosotros mismos.
Pero a veces esa primera decisión fue solo costumbre. Y el hábito tiene buen disfraz de convicción.
David Hume decía que nuestras ideas de causa y efecto no son más que costumbre mental. Y si aplicamos eso a nuestra vida cotidiana, nos topamos con una realidad incómoda: muchas veces no elegimos, solo reaccionamos.
Y cuando no analizamos lo que hacemos, es fácil confundir impulso con elección. Es ahí donde se diluye el libre albedrío.
Elegir de verdad implica detenernos. Preguntarnos si eso que hacemos es nuestro o solo lo hemos hecho siempre así.
Hay una frase:
“Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento.”
Entender nuestras ideas no solo desde la lógica, sino desde el cuerpo y la emoción. Y también, entender nuestras emociones no solo desde el impulso, sino desde la reflexión. Ese cruce es quizás donde comienza la verdadera libertad.
Yo, por ejemplo, no necesito pensarlo mucho para saber que, al menos por ahora, no me la comería.