Érase una vez unas células que formaban una lámina aplanada,
eran robustas y de una fealdad despiadada;
pero un día se levantaron, de puntas se pararon
y afirmaron sin temores que, de todas, ellas eran las mejores.
Gritaban con presunción que su estirpe era alta
y con orgullo de su código se jactaron;
pero cual verdad añeja, era claro que no eran como la oreja
y sus anhelos de placodas les negaron.
¡Semántica! –gritaron– ¡mantengan nuestros sueños por favor!
Pero sus súplicas tardías fueron ignoradas sin compasión
y han tenido que existir, desde entonces y hasta hoy día,
como una placa neural plana, a quien nadie comprendía.